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Un día como hoy, de 1994, Lomas Taurinas fue conocido en todo el mundo

Por Oralia Acosta G.

Un día como hoy de hace 29 años fue asesinado Luis Donaldo Colosio. Días antes había pronunciado un disruptivo discurso que, si bien marcaba un despegue en su campaña, en el imaginario colectivo figuró, a la postre y por mucho tiempo, como su sentencia de muerte.

“Yo veo un México con hambre y sed de justicia… un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla…” se escuchó desde el monumento a la Revolución, palabras que retumbaron en el centro de su propio partido, único hasta ese 1994 en haber ocupado la presidencia de la república.

El resto es historia, un asesino solitario, un tal Mario Aburto… o tres… y tantas dudas y especulaciones como gente rodeando el cuerpo de Luis Donaldo, herido, prácticamente muerto desde la primera detonación y jalando, empujando, sosteniendo al presunto culpable quien, como si fuera un kamikaze, no oponía resistencia.

Y México sintió que le robaban la esperanza, no porque creyeran en Colosio como priista, o por su trayectoria como funcionario del salinismo, sino, al contrario, porque tras el discurso en comento, la gente pensó que este priista podía ser menos priista o al menos diferente y, haber sido asesinado, se los confirmaba.

A aquel trágico evento en Lomas Taurinas, se le llamó, por mucho tiempo, “maginicidio”, para muchos no había razones etimológicas para llamarle así, porque estrictamente en ese momento no era un hombre con un cargo en la estructura de poder del país, era el candidato de un partido que empezaba a desmoronarse, especialmente ese inicio de año con la aparición de la guerrilla liderada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, movimiento social, pseudomilitar que de inmediato se tornó político.

Sin embargo, se sintió como tal, como un magnicidio, porque México no conocía de otro en las generaciones recientes.

Luis Donaldo Colosio fue, como muchos artistas que mueren en su plenitud, un personaje que iba en ascenso y su desempeño futuro, si bien incierto, quedaría con su abrupta muerte consagrado en el imaginario como bueno, como la esperanza de lo que pudo ser y no fue, aun cuando no haya certeza de que realmente hubiera sido, de llegar a ser presidente, uno ejemplar.  

Pero el malogrado candidato, empezaba a dibujarse para muchos, de algún modo, como la esperanza de sacudir el árbol enfermo y plagado de corrupción y tráficos de influencias en todos sentidos, o hacer una buena poda, pero sin sacarlo de raíz. Y este dibujo estuvo influenciado por sus desacuerdos con el propio Carlos Salinas que por “dedazo” se había decantado por su candidatura. Es indudable que el desenlace reafirmó en gran medida esa imagen.

Pero 1994 no se quedaría en este trágico sismo político, social y emocional, siguió sacudido por la pseudoguerrilla y por la descomposición política en el seno del partido hasta entonces prácticamente hegemónico en las urnas. En septiembre, otro asesinato de alto impacto cimbraría de nuevo al PRI, su secretario general, José Francisco Ruiz Massieu era ultimado por un emisario de alguien más, se dijo que de un diputado priista que nunca reveló sus motivos porque, literalmente, desapareció del mapa. Y luego, el “error de diciembre” que desató una de las crisis económicas más devastadoras para los mexicanos, de alguna manera, daño colateral de este cruento 1994.

Así que, quien haya ordenado la muerte de Colosio seguramente no pudo nunca sentirse satisfecho, porque, en definitiva, Luis Donaldo no era el problema.




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